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Coco: un homenaje a las tradiciones mexicanas

Hace un año tomé un taller de guión cinematográfico. Tuve que leer los guiones de todos mis compañeros y, no les miento, aproximadamente el 80% de esas historias estaban llenas de violencia, maltrato hacia la mujer (el escritor de este guión presumía que su historia había sido nominada en un festival importante en México, lo cual me sorprendió mucho porque todas las mujeres del curso nos sentimos ofendidas después de leer su guión), discriminación, trata de blancas y un largo etcétera de aspectos meramente negativos sobre nuestro país.

Mi historia pertenecía al género de ciencia ficción y todos me dijeron que eso no se podía hacer en México porque “eso no vendía“, no era lo que la gente quería. ¿QUÉ? ¿Cómo que la gente no quiere eso? ¿Y los que aman Star Wars? ¿Y los que aman las películas de súper héroes?

Tal parece que aquí estamos condenados a solamente hacer comedias románticas y dramas sobre el narcotráfico. ¿Está mal? No, necesariamente, pero los carteles de la droga y gente bonita hablando con tono fresa no es México, es sólo una parte de él. Sí, la violencia que vivimos es una realidad, pero no es la ÚNICA realidad. No todo es malo, no todo es negativo.

Pues bien. Quienes se dieron cuenta de esto no fueron cineastas mexicanos ni latinoamericanos sino gente de Pixar.

Cuando supe, hace como cinco años, que este estudio quería hacer una película sobre el día de muertos, no lo podía creer. ¿No se supone que todos los gringos nos odian? No. Hay americanos que aman tanto a nuestro país que hasta saben más de cultura prehispánica que nosotros mismos. Donald Trump no representa a todos los estadounidenses, así como no todas las películas con cruda violencia que exportamos al extranjero representan en su totalidad a México ni a los mexicanos.

Coco cuenta la historia de la familia Rivera, unos habitantes del pueblito Santa Cecilia que se dedican a hacer zapatos desde hace casi un siglo (1921). Miguel, un niño como de 10 años, ama la música. En específico, la de Ernesto de la Cruz –el hermano gemelo de Pedro Infante– y toca la guitarra a escondidas de su abuela. Desde el inicio de la película nos explican que cuando su tatarabuela Coco era una niña muy pequeña, su padre –un compositor– la abandonó a ella y a su madre Imelda y nunca volvieron a saber de él. Desde entonces, en su familia la música prácticamente está vetada.

El día de muertos, Miguel se entera que habrá un concurso de talento; su gran oportunidad para darse a conocer como cantante, pero su abuela lo descubre y rompe su guitarra. Por cierto, hay una escena donde ella se quita la chancla y regaña a Miguel por querer tocar la guitarra de un mariachi. No pude contener la risa y es que la gran mayoría de los mexicanos, en nuestra tierna infancia, fuimos víctimas de la chancla con la que nuestros padres nos daban nalgadas por portarnos mal. Es un guiño muy cómico y muy atinado, que sólo gente que ha vivido en México sabe que existe.

Miguel decide ir al panteón a visitar la tumba de Ernesto de la Cruz, donde está su guitarra, para poder participar en el concurso de talento, pero al momento de tocar el primer acorde, es transladado al mundo de los muertos. Ahí conoce a sus familiares fallecidos, quienes lo llevan a su mundo para averiguar cómo regresarlo al universo de los vivos.

El mundo de los muertos es colorido, folclórico, hay alebrijes por todas partes, culto a Frida Kahlo y su sociedad está marcada por el clasismo –sí, hay que decirlo– y por la burocracia, como el mundo de los vivos –vaya, hasta “patrulla” fronteriza hay…–. Un muerto no puede pasar al otro lado si su familia no ha colocado una foto de él en el altar, y después de cierto tiempo en el olvido, el muerto simplemente desaparece para nunca más volver.

“Los olvidados” viven en un barrio pobre, gris y abandonado. Pasan sus días tomando tequila y jugando a las cartas. Saben que nadie los recuerda y que pronto desaparecerán. Uno de ellos es Héctor, un joven músico que trata de mofarse de la seguridad de su mundo para poder pasar a los panteones de los vivos, pero siempre es descubierto. Él y Miguel se vuelven amigos y cómplices: Héctor ayudará a Miguel a conocer a Ernesto de la Cruz para que le dé su “bendición” y pueda volver al mundo de los vivos y Miguel se llevará una foto de Héctor para colocarla en su altar y así él pueda ver a su hija. Escenas más adelante hay un plot twist que deja entrever quién es Ernesto de la Cruz en realidad.

Coco se estrenó en un momento muy oportuno. Antes de Donald Trump, México no era un país del que se hablara mucho. Cuando me fui a estudiar fuera (hace 2 años), mucha gente que conocí en Europa no sabía si mi país estaba en norteamérica o en sudámerica –en serio– y no sabían qué idioma hablaba, si español “o mexicano”. Fue “gracias” a Trump, que nos puso en la mira por su campaña antimigratoria y racista. Hasta ese momento, la moral en México era derrotista. Bueno, siempre lo ha sido; siempre nos hemos sentido menos y pensamos que necesitamos ser güeros para ser valorados, pero con Trump nos sentimos peor al saber que tendríamos que pasar por trámites más engorrosos para poder ser dignos de visitar su país, y de que muchos compatriotas serían deportados.

Luego pasó lo del sismo, donde la gente buena y solidaria pesó más que la indiferente. Sin embargo, seguimos lastimados por la tragedia que vivimos, pues todavía duele ver los edificios colapsados y noticias sobre gente que perdió a sus seres queridos tras el siniestro. Evidentemente, será una herida que tardará en cerrar.

Y ahora, en plena administración de Trump y a un poco más de un mes del terrible sismo, Pixar estrena una película sobre una de las tradiciones más icónicas de nuestro país, el día de muertos. No se burlan de nosotros, no hay racismo, no nos juzgan por ser como somos, simplemente toman esta tradición como un pretexto para contar una historia sobre la importancia de la familia y de las tradiciones. Esto va ligado con el cortometraje animado de Olaf’s frozen adventure que pasan antes de Coco. Ambos trabajos audiovisuales resaltan lo importante que es tener una identidad y pertenencia.

La verdad se le agradece a Pixar que haya hecho una historia sobre nosotros con tanto respeto. Como mexicana, ver esta película me hizo sentir bien. Algo que rara vez había sentido al ver una película americana, donde el mexicano (casi) siempre es el marginado, delincuente, naco o pobre.

Mis respetos para Lee Unkrich y su equipo.

Véanla. No se arrepentirán.

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