Por ahí leí en Twitter, de parte de un director destacado, que los cineastas Cuarón (recién ganador en el Festival de Venecia), Iñárritu y Del Toro estaban dejando la vara muy alta a las generaciones jóvenes. Yo agregaría que Carlos Carrera también, en la parte de animación.

Su más reciente película, “Ana y Bruno” – adaptación de la novela ‘Ana’ de Daniel Emil y hasta ahora, la película más cara en la historia del cine mexicano de animación  – es un diamante en bruto. Si bien la calidad gráfica no es similar a la de Pixar o Dreamworks, la historia lo es.

¿De qué va?

Ana y su madre son internadas en un hospital psiquiátrico, donde ella conoce a Bruno, un monstruo verde muy simpático quien le presenta a sus amigos que también viven ahí. Solamente los internos los pueden ver.

 

Durante un funeral donde lamentan la muerte de un payaso títere, de la nada un dragón con ojos de fuego los ataca. Ana escapa y va por su madre, quien también es acechada por el dragón y después es llevada a un cuarto aislado porque piensan que enloqueció.

Ana decide buscar a su padre para liberar a su mamá y, junto con sus amigos, se aventura a ir al pueblo de San Marcos, donde solía vivir con su familia. En el camino, conoce a Daniel, un niño huérfano e invidente, que también le ayuda a llegar a San Marcos para que hable con su padre.

Algunas personas han tachado esta película como oscura y no apta para niños porque toca el tema de la muerte, el duelo y la depresión, y porque los amigos de Bruno son representaciones de enfermedades mentales.

Sin embargo, el mensaje es muy emotivo y enaltece la importancia de la amistad y de la familia. Además, me recordó un poco al cine de Burton por mostrar personajes aparentemente horribles (como los amigos monstruos de Bruno), pero que en realidad son bondadosos y buscan ayudar a los demás.

Ojalá dure en cartelera porque vale la pena.

 

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