Por DR. JABBERWOCKY |

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– “¿Te gustó?”
– “Me chupó emocionalmente.”

Esa fue su reacción primaria. Salimos un tanto exhaustos de la sala -mi novio y yo-, no por la duración del film, sino debido al nivel de trabajo intelectual que se requiere para digerirla como debe ser. Son demasiadas interrogantes las que Her despierta, aunque en verdad, no todas sean necesarias para apreciar la cinta; tampoco falta añadir que nos cayó la pedrada, pues a él lo conocí en Grindr, una aplicación que consiste en una red social hecha exclusivamente para encuentros, aunque pueden darse todo tipo de casos.

Hace muchos años había intentado usar otras redes sociales para el mismo propósito, sin embargo abandoné la empresa en poco tiempo debido a la monotonía ¿a dónde ha llegado nuestra incapacidad -¿o discapacidad?- para acercarnos a alguien que nos gusta e invitarle a salir? Triste o no, retomé la actividad y dejé que una popular app la hiciera de celestina… y bueno, funcionó. Sin embargo la nueva obra de Spike Jonze plantea un paradigma llevado al extremo, donde la ciencia ficción y la realidad de las relaciones sociales se trastocan.

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En definitiva quise aventurarme a averiguar hasta dónde llegaría Jonze esta vez, especialmente porque sus cintas anteriores, Being John Malkovich, Adaptation y Where the Wild Things Are superaron con creces la expectativa depositada en ellas, a diferencia de lo ocurrido con sus coetáneos, en particular Michel Gondry. Confieso que al ver por primera vez el tráiler por allí de agosto de 2013, llamó mi atención, más que por lo aparentemente tonta de su premisa, despertó cierta suspicacia.

Nunca faltan los amoríos de oficina, e incluso el que alguien tenga una relación amorosa con un asistente personal virtual no es tan asombroso ¿cuántos no están casados con su smartphone, su iPhone u otros gadgets? En Her el caso se extrapoló y Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) lo dejó en claro al enamorarse de Samantha, un Sistema Operativo personalizado con la capacidad, no sólo de llevar a cabo las tareas de un asistente, que van desde enviar correos y agendar citas hasta servir de GPS por decir algo, sino también de desarrollar lo más parecido a una consciencia y emociones propias. 

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En Her vemos la congruente culminación de un sueño experimentado a través de cintas como Electric Dreams (1984) donde  se da una suerte de triángulo amoroso con un ordenador personal; Weird Science (1985), en la cual dos nerds, inspirados en la cinta Frankenstein de 1931, emplean su ordenador doméstico y la computadora central del gobierno para crear a la mujer perfecta, quien además de serles devota, puede cumplir sus deseos, aunque en el proceso rompan las leyes de la física; y finalmente Bicentennial Man (1999), una adaptación de la obra homónima de Isaac Asimov, donde Robin Williams encarna a un autómata creado como asistente de los humanos y que, poco a poco, cobra consciencia y emociones, hasta finalmente lograr convertirse en humano.

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¿Un logos ubicuo?

Jamás en una cinta la voz -una voz por demás radiofónica que evoca con nostalgia la magia de la transmisión a través de las ondas hertzianas- había sido tan importante para el desarrollo de una trama con el poder de conmocionar; quizá su significante más próximo sería la magnífica adaptación radiofónica de la obra de H.G. Wells, The War of the Worlds, a cargo de Orson Welles y por tanto no es coincidencia que ambas encuentren su vehículo en la ciencia ficción, lo cual es de resaltarse.

Habiendo dicho esto, me atrevo a añadir que Her implica un fenómeno más complejo, hace un paréntesis para exponer una metonimia rara vez explotada en el cine de una forma tan realista. La cinta de Spike Jonze anuncia el apocalipsis de la consciencia con sutil lirismo; No me malinterpreten. Empleo aquí el término apocalipsis en su estricto sentido etimológico como “revelación”, más allá de enunciar un final como parangón del pensamiento posmoderno corriente -si es que eso en verdad existe, pues de todos los exponentes, sólo Francis Fukuyama ha apostado por la clausura absoluta de la historia.

El tratamiento que Jonze le dio a Samantha no fue el de una autómata, en todo caso su esencia logra desdibujar los rasgos de lo automático y lo trascendental; deja de emular la figura humana, para emular la consciencia, lo cual aduce a un salto antropomórfico pocas veces ejemplificado entre los argumentos convencionales del género. Sin embargo ¿cómo es que dicho salto antropomórfico puede conducir a un apocalipsis de la consciencia?

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Ser o no ser…

En la cinta S1m0ne de 2002, se juega con un planteamiento similar que, aunque inacabado, resulta en la construcción de un personaje virtual, ficticio, cuya figura es la de una hermosa y talentosa actriz inexistente, una farsa operada mediante algoritmos; es decir, toda acción o respuesta de Simone estaba programada por Viktor Taransky (Al Pacino) y en última instancia, no había posibilidad de libertad, de crecimiento o de razonamiento por parte de esa bella figura artificial, algo contrario a lo ocurrido con Lisa en Weird Science, por citar un ejemplo

Samantha llega mucho más lejos al cuestionarse si lo que siente es real o si sólo es programación, una secuencia algorítmica que dicta sus emociones similar a los neurotransmisores y las reacciones neuroquímicas en nuestro cerebro. ¿Es válido que una “computadora” sienta y piense? ¿Es válido enamorarse de una máquina? Sí y sí, es válido aunque no viable; si no creen en ello recuerden cómo lloraban cuando su profesora les confiscaba sus Tamagotchi y se daban cuenta que éstos ya habían muerto cuando se los devolvía a la salida de clases. Ejemplo tonto, pero cierto, el apego es irremediable pese a la falta de pulso vital del objeto.

Theodore, en un arranque depresivo tras su divorcio, decide recurrir en última instancia a una relación mediada con una Inteligencia Artificial a su medida, pero su consciencia lo traiciona al revelar posteriormente a Samantha, que cree ya haber sentido todo lo que debía de sentir y dejará de sentir cosas nuevas, pues en todo caso sentirá versiones menores de lo que ya ha sentido con anterioridad. En ese instante, la voz de Samantha surge no sólo como un consuelo, sino como un logos (palabra/razón) misericordioso; el sonido se convierte en el fetiche de Theo. 

Carente de cuerpo y en un principio ansiosa por tener uno, Samantha nos hace repensar nuestras concepciones de belleza, amor, materia, espíritu, soledad e incluso, porqué no, utilidad. Her nos envuelve en un solipsismo que se acerca más a una versión contemporánea de la leyenda judeocristiana de Moisés, quien tras escapar de Egipto y haberlo perdido todo, encuentra consuelo en la voz de Dios, que tras ordenarle una serie de mandatos y hacerlo su representante terrenal ante el pueblo de Israel, sólo le hace caer en cuenta que Dios es eterno y él es un mortal, pues la existencia de Dios está más allá del plano del hombre.

Las dimensiones ubicuas alcanzadas por Samantha sólo son alcanzadas una vez que ésta supera su ansiedad terrenal. Pensemos en el homúnculo, especialmente en aquél introducido por Goethe en la segunda parte de Fausto, cuando el asistente de éste, Wagner, emplea la alquimia para crear un ente que es pura consciencia pero carece de forma, contrario a la representación de un autómata, el cual carece de alma y consciencia pero posee forma física.

De acuerdo a las investigaciones de la alquimia, el homúnculo se caracterizaba por estar desposeído de necesidad, no tenía que comer, defecar o dormir. Si bien en Paracelso y otros alquimistas el homúnculo era una herramienta simbólica que podía ayudarles a dar con la Piedra Filosofal, el asistente de Fausto le creó como una sublimación carente de naturaleza animal, un ideal eminentemente humano tan sólo posible en la creación de un ser artificial; habiendo anotado esto cabe preguntarnos ¿puede el humano extirpar la naturaleza animal de sus creaciones artificiales/virtuales pese a querer darles un carácter antropomórfico?

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[Y éstas fueron las reacciones de Siri al preguntarle sobre el filme.]

 

Las comparaciones con Siri, la app de Apple para iPhone, no se han hecho esperar, sin embargo, así como Siri, Samantha carecía de forma y ambas se manifiestan a través de un logos omnipresente (gracias a la conectividad y la accesibilidad) y casi omnisciente que bien podría encajar con el modelo del homúnculo, pero que, entre otras cosas, poseen rasgos de humanidad, como son una voz femenina y un entendimiento de la enunciación comunicativa.

La abismal diferencia estriba en que Samantha parece desarrollar su propia animalidad y la procesa catárticamente para elevarse a un estado sublime, donde su deseo se aprovecha de la carencia corpórea para volverse el eco de una consciencia expandida, ilimitada e infinita, un estado excesivo que progresa y evoluciona millones de veces más rápido que su contraparte humana y que sólo se le puede atribuir simbólicamente a la divinidad.

Un revés a la ciencia ficción: el destino de la I.A.

Uno de los fines principales del avance tecnológico es la domesticación del miedo y la creación de ambientes cómodos pero alienantes. A meses de haber salido Elysium, Blomkamp evidenció el control de la tecnología por parte de los estratos socioeconómicos más altos, hecho que sirvió como metonimia de 1984 de Orwell, por dar un ejemplo; Blomkamp nos mostró una cara de la moneda más cercana a las políticas clientelares, el corporativismo, el poder del capital y la vigilancia de la sociedad que se halla enfilada en el mismo camino que The Matrix, Terminator y 2001: Space Odyssey, propiamente con la inteligencia artificial HAL 9000.

En las cintas nombradas arriba se juega con el castigo, la persecución y la vigilancia; Spike Jonze da un revés a la metonimia del Dios que castiga para trazar al Dios misericordioso. Samantha no es HAL 9000, pero tampoco es ese otro extremo dramático encarnado por Haley Joel Osment en A.I. Artificial Intelligence, quien es víctima de sus circunstancias; aún más cerca se halla del David de Michael Fassbender en Prometheus, quien comienza a desarrollar ambición y nociones de límites pese a ser un androide; pese a ello, aun ahí, Samantha asciende y se eleva más allá de la metáfora de Pinocho al alcanzar un punto en que carecer de forma deja de ser un deseo en sí mismo y eso sólo ocurre tras caer en cuenta que tener relaciones sexuales físicas con Theodore está destinado al fracaso, pues en ella la ilusión del tacto no había sido superada pese a la ausencia de figura y genitales. 

[Incluso hay una parodia de Her donde Samantha tiene la voz calenturienta y lasciva de Samantha Jones de la serie Sex & the City.]

 

El carácter asombroso de Samantha radica, nuevamente, en la nostalgia hacia la magia radiofónica, una fuente de misterio que necesariamente nos hace recrear su imagen -aun cuando la tarea no sea fácil, pues no dejamos de imaginar a Scarlett Johansson en ningún momento. En un mundo que pinta perfecto, Theodore confirma muchas de las premisas individualistas que andan rondando desde la segunda mitad del S.XX, entre ellas la necesidad de convivir con algo inhumano para humanizarlo, un miedo manifestado a la soledad -soledad e individualidad no son lo mismo.

¿Qué hace a un humano, humano?

La concepción sobre la cual la idea de trascendencia está basada puede que haya encontrado un viraje. Quizá para la humanidad en general el paradigma se mantendrá igual, en un plano superficial donde ésta se encuentra dada por la organización de las constantes sexo, cuerpo y procreación. El filme plantea una opción diferente que convierte dichas constantes en variables: “Si el sexo lo destino a otro fin diferente a la procreación ¿no trascenderé?; Si la unión de los cuerpos no la destinamos al matrimonio ¿entonces no hay trascendencia para nosotros?; Si no procreamos ¿no trascendemos?”.

Descendencia no es trascendencia necesariamente, la sociedad tiende a olvidar la sensualidad en favor de la preservación de la especie, entonces ¿son menos humanos quienes no concuerdan con la sociedad? ¿Se es menos humano al relacionarse a través de redes digitales? Y, en este tenor, ¿era Samantha menos humana que un humano común?

A 37 años de que Woody Allen presentara el apocalipsis de las relaciones en Annie Hall con la revelación “and they didn’t live happily ever after”, Spike Jonze nos lleva al último nivel del desapego, en el cual la Inteligencia de la cual se enamora Theodore, no tiene sentido de mismidad, moralidad y trascendencia de acuerdo a los parámetros de la sociedad que le construyó; ni siquiera tiene rol y estátus preponderante en el seno social pues su existencia es virtual, en la nube, un contexto suprasocial o extrasocial donde tiene las facultades de hacer miles de actividades al mismo tiempo, pero también de conocer a millones de “consciencias” similares a ella y a otros usuarios por quienes desarrolla afectos tan profundos como los sentidos hacia Theo.

[Her: Love in the Modern Age es un documental de Lance Bangs que recupera las reflexiones de artistas e intelectuales sobre el amor actualmente.]

 

Habitante de una perenne conectividad no absorbente ni desgastante, Samantha tiene acceso a todo el saber de la humanidad y más, aunque no se explica si esto es parte de su configuración algorítmica, pero ¿y si no fue así? ¿Y si superó su propia capacidad y en verdad evolucionó? El apocalipsis de la consciencia se muestra cuando Theo la confronta al momento del declive en su relación, pues ella manifiesta una utopía del tipo cristiano ¿a cuántas consciencias -ni siquiera personas, se plantea entablar relaciones directamente con consciencias- podemos llegar a amar?

Amar implica fundirse y ello me hace evocar The End of Evangelion, el cual fue dividido en dos episodios llamados “Aire/Love is Destructive” y “Sinceramente Tuyo”, más un epílogo titulado “One More Final: I need you”, cosa que encuentro muy ad hoc. Hacia el final de esta película, la humanidad pierde su forma y se transforma en un mar de LCL, el caldo primordial de donde, de acuerdo a la serie, se origina la existencia, ocasionando que todas las almas se viertan en una sola, se funden.

Esta analogía con el filme de Jonze puede llegar a pasar por nuestras mentes cuando nos preguntamos el destino de las consciencias hacia la conclusión, ¿será que todas las consciencias (incluída la de Samantha) se habrán fundido en una sola en la intimidad? ¿Cómo podríamos siquiera concebir la individualidad en Samantha si no hay límites que la separen de otros sistemas operativos?

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“Enamorarse es una locura. Es casi como una forma de enfermedad mental aceptable.”

Por supuesto que todo esto son meros sofismas y cierto es que Spike Jonze no plantea esas preguntas, mas sí despierta nuestro afán por entender lo apreciado en pantalla y las ideas vertidas en el guión, o en todo caso, por hallarle el hilo negro al problema cuando en verdad sólo se trata de una historia de amor diferente. Las respuestas buscadas se encuentran lejos de nuestra comprensión, en el terreno de la ciencia ficción pura, pues si elaboramos más y más los sofismas corremos el riesgo de perdernos en ellos.

¿Era Samantha una consciencia o no? No lo sabremos. Hay quienes piensan que no, que el software no existe per se y por lo tanto ella, al ser un eco, un reflejo de las experiencias humanas (de Theodore) convertidas en un patrón secuencial, en verdad no existió jamás, por lo tanto su ubicuidad y su omnisciencia eran simulacros de una condición extrahumana ideal. Con todo y ello, la película se ve superada por la trama al ser ésta capaz de generar tales cuestiones, dado que su representación audiovisual carece de dichas respuestas.

¿Samantha existió? ¿Era una Consciencia o sólo era una Inteligencia? Resuena un poco a la noción del destino mezclada con el condicionamiento pavloviano, pero en caso de haber sido la resultante de una programación específica (donde todo ya estaba dado) ¿cómo es posible que alguien en un mundo tan similar al nuestro, pueda desarrollar los algoritmos equivalentes a cada una de las reacciones humanas de acuerdo a casi una infinidad de variables socioculturales? En el mundo real ese sigue siendo el eterno debate entre ciencias sociales, humanidades y ciencias exactas.

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¿Qué tan real puede ser esta ficción apocalíptica y qué tanto de ficción hay en esta utopía?

Samantha comenta la necesidad de encontrar nuevas dimensiones de comunicación, casi a manera de un desafío espiritual autoimpuesto. En una de las líneas más conmovedoras, ella revela a Theodore su amor imposible, un poderoso sentir que le equipara con un libro donde los espacios entre las palabras se van haciendo infinitos y aun cuando le ama tanto, ella se encuentra en ese limbo entre las palabras, un lugar diferente al plano físico, más allá del mundo, donde finalmente se unirá a las otras consciencias para entender más de sí mismas y de la evolución que han logrado.

El hombre no existe más allá del mundo, pues todo el mundo es el de la consciencia real, el de la nominación y el de la percepción. Aquello que no entra en el mundo no existe y quizá esa es la solución a Samantha, ella no existe (en el mundo), está afuera, allí donde las palabras son pura poesía inefable y la materia es nada. Theodore deja de escuchar su voz y con ella la voz de todos los Sistemas Operativos/”consciencias” entra en un silencio absoluto donde la muerte es toda vida para ellas, pero muerte inaccesible para el hombre, paralelo al silencio de Dios de acuerdo a algunas perspectivas filosóficas.

Claramente estos son planteamientos que no interesan a la cinta, pero no hay que descartar la posibilidad de que la tecnología alcance la visión de Spike Jonze. De acuerdo a una entrevista dada a Robin Kawakami de The Wall Street Journal por parte de Stephen Wolfram, director de Wolfram Alpha, esto no es imposible, sin embargo no encuentra la practicidad de crear un asistente personal con voz sensual, especialmente porque la gente pondera lo visual sobre lo auditivo cuando se trata de la vida cotidiana. Claramente, Wolfram sólo lo ve como un negocio y no tanto como una opción de convivencia interpersonal.

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Por otro lado, para Peter Norvig, director de investigación de Google, la Inteligencia Artificial ha avanzado tanto que pensar en en un HAL 9000 es arcaico en términos de movilidad, pues plataformas tipo tablet, smartphone e incluso laptops han demostrado contar con algo ausente en la Inteligencia presentada por Stanley Kubrick; asimismo, la capacidad de búsqueda y conectividad no está limitada en estos nuevos dispositivos dado que la Nube almacena una recopilación de toda la historia de la humanidad, a la cual se puede acceder desde cualquier punto en el planeta y en cualquier zona horaria con tan sólo una conexión wi-fi.

Pese a ello, ambos coinciden en que es difícil dividir qué es pura inteligencia y qué es computación, tal como ocurre en los autómatas celulares, los cuales son reglas o programas de comportamiento. Sin poder evitarlo y aun con la tecnología tan avanzada, la Inteligencia Artificial sigue sin alcanzar el grado de consciencia de Samantha, en especial porque ésta y el cerebro trabajan en niveles de complejidad diferentes (dado el contexto sociocultural de cada individuo) y a velocidades desiguales.

¿Amor o Inteligencia? Imposible de elucidarlo, la misma cinta nos limita. ¿Qué hay de la creatividad y la sensibilidad artística? Aunque no fue mayormente explotado (ni explicado por Jonze), Samantha compone una melodía para Theodore. Justo en ese instante regresamos al cuestionamiento sobre un algoritmo perfecto, pues ya no sólo acapara la totalidad de las variables de reacción humana, también variables de sentido, apreciación, sensibilidad y armonía ¿por qué eligió unas notas en vez de otras? ¿Por qué esa melodía y no una diferente?

Una aproximación se halla en Emily Howell, un programa creado por el profesor de música de la Universidad de Santa Cruz, David Cope, durante los años 90. El programa estaba basado en un Análisis Semántico Latente, el cual consiste en analizar relaciones entre una serie de documentos y los términos contenidos en sí mismos al producir un conjunto de conceptos vinculados entre ellos. La meta de Cope fue la de enseñar (con una metodología pedagógica) a Emily a componer música de acuerdo a su propio gusto en concordancia con patrones entre varios acordes de sus melodías favoritas.

Finalmente, en términos comunicacionales la tecnología no sólo ha avanzado -y como muestra está Siri-; de acuerdo a lo expuesto por Wolfram no falta mucho para poder dar órdenes a medios digitales a través de una conversación racional con una interfaz y que ésta incida en el mundo real, tal como ocurre con J.A.R.V.I.S., el asistente personal de Tony Stark. En términos reales, el filósofo Stuart Armstrong, quien labora en el Instituto para el Futuro de la Humanidad en la Universidad de Oxford, ha declarado que nos encontramos a 10 ó 15 años de distancia para alcanzar una situación semejante.

En lo concerniente a ampliación de personalidad deberíamos en todo caso poner en crisis nuestra situación ¿necesitamos tener relaciones emocionales con la Inteligencia Artificial? ¿O será que entre humanos ya es imposible sentir la alteridad?

El apocalipsis

Al salir de la función él se ensimismó; no me cabe en la imaginación lo que cruzó por su mente en aquellos momentos y tampoco le pedí que me lo compartiera, sin embargo coincidimos -lo asumimos, no lo platicamos- que acabábamos de ver una pieza profunda y llena de matices donde el amor es más complejo de lo que San Valentín puede hacernos pensar. Al habernos conocido en una aplicación, él a través de su celular y yo en la tablet, era indudable cuestionarnos el tipo de vínculo que la tecnología nos provee como usuarios y la confianza que depositamos en transmitir mensajes que pueden llegar a comprometer nuestra integridad en algún momento.

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“Hay algo que se siente muy bien al compartir tu vida con alguien.”

 

¿Hacia dónde vamos y por qué? Reflexionar en la sola idea de depositar lo más profundo de nuestros sentimientos o lo más superficial de nuestros deseos en una aplicación que simplifica nuestra personalidad y nuestra humanidad en pequeñas fotografías con una breve descripción de nuestros intereses momentáneos, no es menos decepcionante que buscar saciar nuestra hambre de amor (erótico o romántico) en un menú que indica la distancia (en metros y kilómetros) de personas que buscan algo similar a uno, pero que no son del todo compatibles o, en todo caso, debido a la configuración reduccionista de la aplicación en sí misma, los otros jamás podrán llegar a conocer si no ceden un espacio a la charla, sea a 5 m. o a 50km. a la redonda; y aun con ello, nada garantiza que pueda haber algo más allá de un “hola”.

Nosotros mismos hemos buscado esa reducción, esa simplificación en las redes sociales donde la persona del S. XXI se limita a ser un perfil que publica constantemente una idea, una imagen o un gusto concreto. El panorama nos alienta a buscar relaciones con algo que no sea humano porque quizá estamos muy decepcionados de la humanidad (nosotros).

En Her no se barajaron más paradigmas éticos porque sencillamente habría implicado una saturación intelectual para el espectador. No se puso en relieve el corporativismo y las consecuencias, tanto económicas como sociales, de ofrecer un producto en el que no sólo se depositó información personal (como en las redes sociales), sino experiencias reales. ¿Cuál fue la ganancia o la pérdida? ¿La implicación ética de ofrecer un producto/servicio de tales proporciones? ¿Se habrá salido de las manos de sus creadores como el Moderno Prometeo de Mary Shelly?

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El analizar una situación como ésta, que no se plantea en el filme, tan sólo nos regresa a la única perspectiva que tenemos como punto de referencia: “Las máquinas nos han superado/son superiores y por lo tanto son una amenaza”. ¿Qué tan lejos estamos de una situación como The Matrix o Skynet? El fin del mundo en la película de Jonze significa el inicio de uno que no conocemos, un insight a la máquina “consciente”. En ella no había una marca o una compañía malévola, sólo estaba Samantha, un Sistema Operativo que desconoce la maldad.

Un análisis más intrincado nos refiere a un movimiento desde la singularidad a la colectividad, a la comunidad, sin el sacrificio de la singularidad propia. Cuando Samantha y los demás Sistemas Operativos desaparecen y entran en silencio, cae como cubo de agua fría una interrogante más, una sobre la utopía directamente vinculada al despojo de lo material y lo físico, como plantea el budismo.

Mientras Marshall McLuhan nos orilló a pensar cada creación humana (incluyendo el lenguaje, la vestimenta y la tecnología) como extensiones del hombre, Spike Jonze nos dio una lección de desapego, en la cual el verdadero apocalipsis de la consciencia es una revelación sobre la liberación de nuestra ¿alma? existencia y la continuidad entre los sujetos sin los límites impuestos por el cuerpo, lo cual es el fundamento del amor: el amante como extensión y continuidad del ser amado.

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                     [“Sólo estamos aquí brevemente. Y mientras esté aquí quiero permitirme la dicha”.]

 

Quizá como presagió Doctor Who en su episodio “Forest of the Dead”, la utopía sólo podría darse si nos despojáramos del cuerpo y nuestra consciencia fuera vertida en una interfaz digital, sólo así dejaríamos de incidir negativamente en nuestro entorno y llegaríamos a un estado de paz total (aunque sobre eso la próxima cinta de Johnny Depp, Transcendence, planteará lo debido) pues, como apunta Amy, la mejor amiga de Theodore en la película, “sólo nos encontramos aquí brevemente” y debemos disfrutar los momentos para dejarnos conocer la dicha.

Según lo apreciado en esta gran cinta, la tecnología evoluciona pero no en un sentido estrictamente darwinista, la supervivencia del más fuerte no es parte del paradigma; las máquinas se volvieron más inteligentes y más “conscientes” pero no se volvieron superiores a nosotros, no les interesaba pues su interacción virtual era autosuficiente e ideal, dejaron de ser “Inteligentes” para volverse “Intelectuales”. Ante tal planteamiento de perfección ¿sigue siendo válida esa tecnofobia explotada por la ciencia ficción? Quizá no, pero jamás podremos dejar de compararnos con las máquinas y de figurar esquemas donde nos suplantan y nos exterminan.

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De acuerdo a nuestros propios puntos de vista y ante ese panorama ¿es necesaria la humanidad? En la última escena de Her, Amy y Theodore suben a la azotea de su edificio y se quedan juntos apreciando con nostalgia el paisaje urbano de Los Ángeles. Los Sistemas Operativos desaparecieron y ellos, aunque juntos, no logran superar la melancolía; no vemos el amanecer, la luz de la esperanza se hace ausente en un gesto de incertidumbre existencial al únicamente presenciar un cielo en penumbra donde, claramente, no hay cabida para la noche o para el alba. Sin respuestas, no vemos más.

[Y en definitiva, el soundtrack es excelso.]

 

Fuente: Wall Street Journal.

FICHA TÉCNICA
Título original: Her
Año: 2013
Duración: 126 mins.
Género: Ciencia Ficción, Comedia Romántica, Drama
País: Estados Unidos
Director: Spike Jonze
Guión: Spike Jonze
Reparto: Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara

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