Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a Carne y Arena, instalación de realidad virtual realizada por Alejandro G. Iñarritu (El Renacido, Birdman, Amores Perros) en colaboración con el fotógrafo Emmanuel Lubezki, trabajo que le tomó 4 años y por el cual la Academia le otorgó un Oscar honorífico el año pasado.

En sólo 7 minutos, Iñárritu logra transmitir el miedo, angustia y dolor que sufren los migrantes en la frontera al tratar de cruzar el desierto de Sonora, utilizando la realidad virtual.

Al entrar, llegas a un cuarto frío donde ves zapatos de migrantes reales; se te parte el corazón cuando ves que entre todos esos zapatos desgastados, hay varios que alguna vez pertenecieron a un niño de no más de 3 años. Se te pide que tú también te quites los zapatos y calcetines y entres a la segunda sala cuando escuches una alarma, muy parecida a la de una patrulla.

En esa sala, llena de arena, se te coloca una mochila al hombro y unos visores de realidad virtual.

Ahora te encuentras en el desierto y empiezas a escuchar voces de niños y de sus familias. De repente, se escuchan disparos a lo lejos. Un helicóptero y la patrulla fronteriza con perros de guardia los han acorralado. “¡Deme el nombre de su pollero!” Gritan. Con un inglés poco perfecto, una mujer responde “No podemos. They kill us!” Dice. Ves a una señora de edad avanzada tirada en el suelo, cansada, herida y asustada. El policía le pregunta al niño más pequeño cuántos años tiene mientras le apunta con su arma. Los perros no dejan de ladrar.

Tú eres sólo un espectador a quien nadie ve, pero puedes sentir y escuchar su miedo. Los niños lloran, los adultos rezan. Una señora canta una canción de cuna. Segundos después, una luz blanca ciega tu vista. Un patrullero te ha visto. Sí, a ti, el espectador. Te apunta con un arma y te ordena que no te muevas. Salen las lágrimas y no puedes evitar pensar que ya todo para ti, ha terminado. Después todo se va a negros y regresas al desierto desolado. Ves las loncheras y cantimploras de los niños que se llevaron.

Termina la experiencia. Tu ropa está manchada de arena. Descalzo vas a otra habitación a recoger tus zapatos. Caminas sobre un pasillo largo y oscuro mientras lees los testimonios de varios migrantes tanto mexicanos como centroamericanos que lograron cruzar al otro lado.

Ves el rostro de un migrante hondureño que te ve con solemnidad. Después de pasar hambre, robos y maltrato, ahora tiene una vida estable en Estados Unidos: “Estoy feliz porque sigo vivo… y eso es lo importante.”

Carne y Arena estará hasta el 17 de mayo de este año en CCU Tlatelolco.

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