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En pleno apogeo nostálgico por el pasado, los creativos de todo el mundo se han lanzado a recuperar los años dorados del siglo XX. Mientras el revival de los años 60 y 70 no ha sido sino una jugarreta líquida de los fanáticos de Instagram que gustan de connotar el desenfado de lo ‘retro’ como experimental; el refrito de la elegancia clásica norteamericana entre los 20 y los 50, ha tenido más para proponer que para contar, de acuerdo a esto alguien debía decir algo sobre Gangster Squad, una cinta un tanto ninguneada por la crítica.

Sin lugar a dudas el cine de mafiosos tuvo su época dorada cuando el gángster fue admirado como ídolo de la corrupción, la elegancia y la vida fácil, muy a pesar del código de censura audiovisual. Aquellos años en que estos caballeros neo-burgueses  se organizaron fuera de la ley para controlar con puño de hierro ciudades parecen ahora un tanto lejanos, mas no lo son y afortunadamente esta cinta lo deja en claro por su arraigada metatextualidad, algo que rescataré más adelante.

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Lejos de lograr emular a cintas como The Untouchables o Scarface, Gangster Squad no logra definir su tono uniformemente, pues se debate entre seductora coquetería, secuencias de acción llenas de golpes y explosiones y algunos chispazos de comicidad que no le hacen ningún favor al cine de crimen concretamente tanto como al cine de parodia. A pesar de ello la dirección de arte recrea con aplomo las fachadas de art decó con sus luces de neón y los clubs de jazz anegados de neo-dandis con fedoras en la testa y mujeres con impecables vestidos que tanto marcaron la época.

La cosmópolis americana de Los Ángeles se vuelve el escenario perfecto para el reinado del mafioso Mickey Cohen (Sean Penn) una vez iniciado el periodo de posguerra, cuyo dominio distópico tiene bajo su mando a policías, detectives y políticos prominentes. Prostitutas, armas y droga son tan sólo algunas de las cosas traficadas en una tierra que aunque civilizada carece de leyes o autoridad alguna, al menos hasta que un equipo de hombres incorruptibles es designado clandestinamente para devolver el orden a la sociedad.

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Con una trama de pronto inverosímil, la película cae en la repetitiva fórmula del “bien” contra el “mal” en la cual siempre hay una damisela en peligro que simboliza el arquetipo de la discordia y cuyo nombre aquí es Grace Faraday, una simulación de femme fatale que evoca a Jessica Rabbit o a Breathless Mahonney de Dick Tracy. Pese a ello el personaje encarnado por Emma Stone pasa sin pena ni gloria con una historia subdesarrollada y sin motivaciones suficientes para permanecer con el mafioso Cohen o con el héroe encarnado por un torpe y poco seductor Ryan Gosling, cuya química mutua no es sino un espejismo de lo visto en Crazy Stupid Love.

Si bien la subtrama romántica es actuada a tono de recital, la relación antagónica entre el rey del hampa Mickey Cohen y el Sgto. John O’ Mara (Josh Brolin) es equiparable a la nitroglicerina, de allí el valor de esta cinta en tanto metatexto. Por un lado el papel sobreactuado de Penn asegura encarnar al progreso a partir de una mano dura que lleva el negocio sin regulaciones pese a lo turbio de sus motivos; por el otro lado el papel de Brolin recurre al arquetipo del héroe, cuyas convicciones están más allá de lo material y cuyo único objetivo es el de salvaguardar el bien mayor a cualquier costo.

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Siguiendo la tradición griega, la hibris se muestra aquí como una extraordinaria desmesura caracterizada por una exagerada confianza en sí mismo, en este caso encarnada por las ambiciones del ‘todopoderoso’ Cohen quien afirma haber pasado de ser un gángster común a ser Dios; mientras O’ Mara simboliza al héroe osado que lo desafía. Si hacemos una crítica más profunda hallamos incluso una ligera analogía con los roles gnósticos del demiurgo Urizen y el rebelde Orc de los mitos conceptuados por William Blake.

De estas presencias de choque surge el factor “guerra” como la única salida eficaz para restaurar la legitimidad de la ley tal como expresa O’ Mara: “No estamos resolviendo un caso, vamos a la guerra”. Para ello reúne a un equipo de inadaptados (al caos) a quienes mantiene más allá de la ley (o fuera de ella) so pretexto de restaurarla mientras perdure el momento análogo a un estado de sitio, algo que ya hemos visto ejemplificado en la reciente trilogía de Batman, sólo que con un tono más “serio” si se le puede apreciar así.

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Y es que este tipo específico de guerra de guerrilla es algo actual, o entonces pregúntense ¿qué es la llamada “guerra” contra el narcotráfico? ¿Cuál es la metonimia detrás del crimen organizado? Lejos de intentar hacer una monografía política, requiere que en tanto espectadores aprehendamos la propuesta valiosa de la cinta una vez concluido el entretenimiento, tan sólo para extraer lo vital de la enseñanza: Da igual si la pelea es por “el alma de Los Ángeles” o por la de México.

O’Mara lo expresa de la siguiente forma: “Perderlo todo y ganar la guerra, eso es ser un héroe. Perderlo todo y perder la guerra, eso es ser un tonto”. Podríamos  seguir eternamente analizando las estructuras dramáticas que recurren al paradigma del bien contra el mal y aún así no apreciar este punto. En el mundo real no se trata realmente de ganar la guerra o al menos no debería ser así; por el contrario, el ser un héroe estriba en ganar la guerra sin rendirse ni ser conformista, allí la clave de la revolución y la libertad, una esencia un tanto confusa para las generaciones contemporáneas. Con todo y que es extraordinariamente entretenida, las  liquideces del guión no alcanzan a soportar estas exigencias del argumento, aquellas ya explotadas en The Godfather tras  subvertir la obsolescencia del desaparecido código Hays.

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Sin dudas Gangster Squad marca una regresión de la simpatía del público hacia los héroes humanos, cuyas personalidades tienen de menos obvia ambigüedad para los llamamientos morales del público. Al final, esta cinta  propicia la peculiar sensación de pertenecer a un tiempo antaño más elegante, honorable y dicho sea de paso, utópico, pues los aires aspiracionales dan un viraje hacia una vida sencilla y modesta tras  lograr transformar el desenlace en un epílogo que no hace sino apología a la ley y a la justicia, aún si ello implica hacerlo hipócritamente, pues bien sabemos, la justicia es ciega.

 Dr. Jabberwocky

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Crítico. Cínico. Excéntrico. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y editor de 'El Vortex'; devorador de cultura y cazador de sensaciones. Lo único que amo más en el mundo además de ver y oír, es escribir. Soy fanático from hell de la ciencia ficción, el horror, la comedia romántica, los super héroes y las secuencias de acción. Mi mente está hecha de salchicha con mucho chocolate, mermelada, imágenes en blanco y negro y grandes dosis de espías, Lovecraft, Buffy the Vampire Slayer y Doctor Who.