Spoiler alert.

Bibo Bergeron, director de El camino hacia el Dorado (2000) y El espanta tiburones (2004), nos trae este año Un monstruo en París (Un monstre à Paris). Yo realmente pensé que esta película sería una fuerte competidora hacia el camino a los Oscares, pero creo me equivoqué. El modelado de los personajes, de los escenarios, la iluminación y la animación tienen calidad, pero la historia es un caso aparte. ¿Por qué? Porque no es algo que no hayamos visto antes.

En resumen, trata sobre una pulga (el monstruo del título) que se transforma en un ser gigante debido a que Émile y Raoul, un proyeccionista y un repartidor, mezclan por error sustancias químicas en el jardín botánico al que van a hacerle una entrega. Como la pulga escapa y empieza a asustar a la gente, se corre el rumor de que hay un monstruo suelto por la ciudad, por lo que el comisario Maynott, un tipo arrogante, presumido y con ansias de ser reconocido por los parisinos para que voten por él para alcalde, se compromete a encontrarlo y así salvar a París de tremenda amenaza (aunque realmente todo lo termina haciendo el señor Pathé, su asistente).

Lucille, la cantante del bar L’oiseau rare, conoce por azar del destino a la pulga (a la cual le llama “Francoeur” que significa “Corazón honesto” en francés) y se vuelven amigos inseparables en sólo unos segundos. Cabe señalar que una de las sustancias que afectaron a Francoeur lo dotaron de varias habilidades como cantar, componer y tocar la guitarra, lo cual le dio la oportunidad de subirse al escenario con Lucille. Claro, disfrazado para que nadie se diera cuenta de su verdadera identidad.


La historia me recordó a La bella y la bestia, ya que Lucille se encariña (casi inmediatamente) con Francoeur y por ello, lo protege de Maynott, cuya personalidad es muy parecida a la de Gastón de La bella… Y si se preguntaban de dónde salió la pulga, sencillo: del mono Charles, el asistente del profesor del  jardín botánico. Otra de las cosas por las que esta película no es muy original es que trata el tema sobre la simpatía con el monstruo o con el malo, que ya hemos visto en varias cintas de Tim Burton (El joven manos de tijera) y recientemente en Ralph, el demoledor. Estos filmes se caracterizan por tener protagonistas que parecen ser los más tenebrosos y peligrosos de la historia, pero finalmente resultan ser los más sensibles e indefensos. En Un monstruo en París faltaron más escenas donde se viera la calidez humana y artística de la pulga porque no llega a convencer.

Igualmente, utilizar un ser desagradable para mostrar talento y sensibilidad ya se había visto antes en Ratatouille. Bien pudo haber sido una cucaracha, una garrapata o un piojo el que se transformara en Francoeur. Eso es tan irrelevante que, el hecho de que sea una pulga artística, no le da un valor agregado a la película. A todo esto ¿qué SÍ es rescatable? El doblaje y el soundtrack. De la banda sonora les recomiendo La Seine, http://www.youtube.com/watch?v=YDqn6iWWUF4&feature=related  y Papa Paris  http://www.youtube.com/watch?v=mCaE8R6Vnx4, ambas interpretadas por la cantante y actriz francesa, Vanessa Paradis. Ni hablar, ojalá que Bergeron nos logre sorprender la próxima vez. À la prochaine!

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