Ayer salvé al mundo. Evité con mis propias manos el tan anticipado final de los tiempos. Pero ésa, la batalla más grande que jamás un ser ha librado contra el destino, sólo pertenece al olvido, pues ni siquiera yo soy capaz de recordarla.

¡Se los juro! Esta vez no estaba ebrio… bueno no tanto

Todo ocurrió como cualquiera de mis otras aventuras: estaba yo un día echándome unos tacos de quelites con la señora del mercado que está por su casa, no la de la señora sino la de ustedes… bueno, la mía, ustedes saben a qué me refiero; cuando mi sentido común vibró como nunca antes y no era a causa de la chilosa salsa de cacahuate que empapaba mis papilas.

Pronto me encontré rodeado de misteriosos hombres que cubrían su rostro con capuchas, a lo que dije “¡Así estarán de feos, condenados! No sean así y presuman la jeta que les heredaron su padres”. Uno de ellos, aparentemente el líder, se descubrió el rostro que, para mi desánimo, resultó ser completamente genérico; y en resumidas cuentas, me dijo que la fecha predecida por Nostradamus, los mayas, y hasta María Sabina había llegado, y que sólo yo podía evitar la hecatombe.

Haciendo mi mejor pose de Gordolfo Gelatino, acepté con amplia y falsa humildad la misión encomendada. De pronto una luz… y en un parpadeo…

Abrí los ojos para descubrirme tirado a la mitad de un campo de batalla lleno de todo tipo de seres fantásticos, desde unicornios, extraterrestres, seres angelicales y demoniacos, y hasta juraría por ahí que andaba tirado Chuck Norris. Jamás, ni cuando consumía sustancias, podría haber imaginado tal paisaje.

¡Niños! Digan NO a las drogas.

Sobre mí un cielo lleno de cenizas y nubes rojas que se disipaban y mostraban una bóveda celeste impecable; era evidente que todo había terminado, y por todo no me refiero al mundo, sino a la batalla que había decidido su continuidad.

Por horas busqué entre los escombros algún sobreviviente o ya de perdida algún celular con fotos de lo ocurrido; descubriendo de paso un par de fetiches raros del difunto Hijo del Santo, así como que los jinetes infernales tienen sus iPhones atascados de fotos de gatitos.

La pura maldad les digo

La cosa ya empezaba a apestar entre tanto cadáver cuando de a tiro agarré un jetpack que convenientemente se encontraba a la mano, y salí volando de ahí  aún confundido, amnésico, y lleno de una especie de sangre verde que me hizo de plano tirar  mi ropa a la basura porque ni con cloro se la pude sacar.

Tan pronto encontré una ciudad, esperaba encontrarme con la gente envuelta en llamas y gatos monteses corriendo despavorida por las calles, pero TODO LO CONTRARIO. Nadie se había dado cuenta de que en un no tan lejano desierto yacían los restos de miles de soldados, héroes y villanos que habían luchado, asumo, hasta su último aliento por lo que sea que estábamos luchando.

Política, futbol, o religión seguramente…

Ya bañado, cambiado y perfumado, pues nunca hay que perder el estilo, volví a aquel lugar para encontrar solo arena. Todo había desaparecido.

Estaba en la quinta tanda de mentadas de madre pateando arena cuando volvió a aparecer aquel individuo encapuchado, quien claramente se encontraba tan sorprendido de verme como yo a él. -“¡Sobreviviste!” dijo con un ligero tartamudeo. -“¡A huevo!” le respondí haciendo una seña rapera, -“A ver, seguro tú me puedes responder qué carajos pasó aquí, porque yo nomás no recuerdo nada”, concluí.

-Que ganaron… bueno, ganaste la batalla. Mientras soldados y criaturas de ambos bandos caían,  sólo quedaste tú ante el AntiCristo que acababa de invocar un meteorito hacia la Tierra a la par que activaba los protocolos Skynet e intentaba cambiar el eje del planeta bailando Gangnam Style.

Porque el Asereje es TAN 2002…

-¡¿Y luego qué pasó?!, pregunté sorprendido.

– Pues sólo vi que levantaste tu puño, dijiste muchas groserías mientras un haz de luz brotaba de tus manos, la realidad comenzaba a colapsarse y ocurrió un destello… Cuando recuperé la vista no quedaba nada del AntiCristo y tú aparentemente también estabas muerto; así que aproveché para ir por unos galones de gasolina para prenderle fuego a todo. Pensé que tú también te habías consumido en esas llamas.

– ¡No manches! ¿Qué clase de anécdota es ésa? ¡Aparte, quién te crees para prenderle fuego al cuerpo de este muñecón! Todavía que salvé al mundo, ni un jodido entierro heroico ni nada me ibas a dar.

– ¡El mundo no puede saber lo que ocurrió aquí! ¡La gente no sabría cómo reaccionar ante el hecho de que estuvieron todos a punto de morir!

 Lo miré fijamente un segundo antes de tumbarle con un golpe un par de dientes y retirarme molesto de aquel lugar.

De vuelta en el bar de confianza, Carlos, mi barman de confianza, bromeaba mientras me pasaba un vaso con whisky:

-¿Entonces qué, JagrDemon? Ya viste que puro cuento eso de que se iba a acabar el mundo. ‘Ches mayas, no le atinaron.

-Así es Carlos… che’s mayas.

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