Por Tamashi

Ayer pude darme tiempo para ver  No, dirigida por el chileno Pablo Larraín y actualmente nominada a los Premios de la Academia en la categoría de “Mejor película extranjera”. La verdad no creo que gane, pues Amour de Michael Haneke es la favorita; sin embargo, debo decir que vale mucho, pero mucho la pena.

¿Por qué les digo esto? Sin querer ser spoiler, la cinta está ambientada durante la dictadura de Augusto Pinochet, en 1988 (sí, sé que se han hecho cientos de filmes sobre este tema), pero en lugar de narrarnos una historia trágica sobre familiares y amigos desaparecidos, la película nos cuenta cómo los partidos de oposición unieron fuerzas para quitar a Pinochet del poder; todo a través de una publicidad alegre, con jingles y buen humor; suena como a comercial de Coca Cola, pero el objetivo era hacer una campaña atractiva visualmente y que llamara la atención del pueblo chileno y así fue.

imagen-pinochet“Soy Augusto Pinochet. Si les he hecho algo malo, discúlpenme. Voten por mí.” (En serio dijo eso)

Aquí vemos, una vez más, el gran poder de los medios de comunicación. La campaña en cuestión fue desarrollada por René Saavedra, interpretado por Gael García Bernal (obviamente, Gael tuvo que aprender a hablar con acento chileno, cosa que hizo muy bien), un publicista comercial que se dedicaba a vender productos domésticos. En la universidad, recuerdo que un profesor de publicidad nos comentó que posicionar un producto, una idea o concepto era exactamente lo mismo y con esta cinta lo pude comprobar.

Lo que quería Saavedra, y que desde el principio lo tuvo muy claro, era vender la idea a los chilenos de que Pinochet NO era la opción; su misión fue convencerlos de que ellos eran el factor de cambio para llevar a su país a la libertad y que, por ello, debían poner en el plebiscito “NO” a la dictadura. Me abstendré de contarles qué sucede después porque, de verdad, sería muy recomendable que la vieran (y más si son estudiantes de comunicación, publicidad, producción o afines).

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“Me llevé una friega, pero valió la pena.”

Otra característica que puedo resaltar de No son sus referencias históricas. No sólo Larraín recreó la producción de cómo Saavedra y sus colaboradores grabaron los spots y la música sino que, al parecer, utilizó una cámara de aquellos años para que el espectador sintiera que realmente estaba viendo una película realizada en los años ochenta. Uno que está acostumbrado a la alta definición en el cine y la televisión, se siente al principio un poco “sacado de onda” al ver imágenes para nada nítidas, con ruido, quemadas y, a veces, fuera de foco, pero después nos vamos haciendo a la idea de que la cinta fue hecha así a propósito ¡y funciona a la perfección! Porque la fotografía no contrasta con las imágenes reales de archivo utilizadas por el director (como luego suele suceder). Hasta parece un documental realizado en esos años y no un largometraje de ficción, hecho 25 años después.

No quisiera explayarme con ideologías políticas, pero me puse a pensar por qué en México no se ha dado un cambio de esa naturaleza y más ahora que acabamos de vivir un año electoral… “¿será que les faltó creatividad a los encargados de promover las campañas de los políticos de la oposición? ¿será que la gente es demasiado indiferente y no le interesa ser un factor de cambio?” Porque Chile, aunque no es de primer mundo, va por buen camino, económicamente hablando, y ha logrado llevar a una mujer a la presidencia (Michelle Bachelet). ¿En nuestro país podremos vivir alguna experiencia similar? No lo sé y sinceramente lo dudo (me reservo mis comentarios).

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¡Nos leemos luego!

 

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