ISMAEL MARTÍNEZ |

Una, dos, quince, treinta y dos personas frente mío, haciendo fila. Esperando turno para posar sus traseros en un brevísimo espacio, apenas silla, en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Junto a otras cinco o siete mil personas. Ha pasado poco tiempo, pensé entonces mientras escuchaba por catorceava ocasión, nervioso, el “tercera llamada” de un insensato maestro de ceremonias.

Ha terminado la espera…

Veintisiete años en el pasado, Hironobu Sakaguchi estaba seguro de retirarse de la industria del videojuego. Cuatro años antes había entrado al circuito en una compañía propiedad de Masafumi Miyamoto, Den-Yu-Sha, y el software que para ellos había desarrollado habría sido del todo irrelevante.

Cuando en 1986 Miyamoto fundó Square como una división dedicada al desarrollo de videojuegos —tras el rotundo éxito que la incipiente industria había probado ya con juegos como Donkey Kong y Super Mario Bros—, Sakaguchi comenzó a gestar su carta de despedida; un juego de rol con batallas por turnos. A su último esfuerzo quiso llamarlo Final Fantasy (“Última fantasía”).

El juego necesitaba música, por supuesto, así que acudió a Nobuo Uematsu, un joven y desconocido compositor que había entrado a trabajar en Square el año mismo de su fundación, junto con él.

Sakaguchi confió entonces en Uematsu para sonorizar su obra final. Ni en sus más remotos sueños pensó que la franquicia a la que entonces había dado vida se mantendría vigente y a la vanguardia más de medio siglo después, inspiraría una veintena de títulos y se convertiría en uno de los más insignes pilares de la industria del videojuego. Pieza fundamental del cómo entendemos el entretenimiento interactivo.

Altas y bajas ha habido en la calidad de los juegos, claro está; en la dinámica de la batalla, en la programación del producto, en la inspiración de la trama. Una constante ha brillado, sin embargo: su música.

Dígase en alto: Nobuo Uematsu.

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Luminoso claroscuro

Noche de doble matiz, caracterizada por la pobreza musical y la desbordante emoción de un escucha quizá demasiado ajeno al deleite del oído y demasiado susceptible a las menores expectativas. Una noche plagada por la ineficiencia técnica de una orquesta que ha demostrado carecer de verdadera versatilidad para interpretar los complicados acordes de la composición contemporánea del nicho. Agrupación que se ha visto numerosamente obligada —parece claro— a ofrecer recitales del repertorio más variado con un tiempo de preparación que se antoja, a todas luces, injusto.

Para ellos y para el público.

Recordarán que el año pasado la misma orquesta encabezó dos recitales inspirados en las composiciones de Koji Kondo (y compañía) para The Legend of Zelda: Symphony of the Goddesses. Recordarán como, en su momento, señalamos en este espacio deficiencias similares en la noche de su debut (septiembre) y aplaudimos la notable mejora mostrada en su presentación decembrina.

Los músicos habrían tenido tiempo.

Hablábamos, empero, de un doble cariz en la noche, marcada, sin duda, por el entusiasmo de todos los presentes. Y un entusiasmo que se vio intensificado por una variable determinante: la presencia de Uematsu en el auditorio.

Pocas veces se tiene la oportunidad de escuchar un concierto del tipo al que atiende el autor de la música, y menos que éste se haga acompañar del productor de alguno de los juegos más significativos a los que él ha brindado identidad sonora: Shinji Hashimoto (actualmente a la cabeza del atropellado proyecto Final Fantasy XV).

Nobuo Uematsu, “Nobu-san”, como gusta llamarlo Arnie Roth (espléndido director que durante siete años ha dado la vuelta al mundo presentando la música de Final Fantasy), no sólo asistió en calidad de escucha, sino que en varias ocasiones saltó al escenario como un niño emocionado ante el entregado reconocimiento de la audiencia a la obra que durante más de un cuarto de siglo ha hecho para encumbrar el entretenimiento interactivo como verdadero arte. Uno que es digno de celebrase con orquesta completa, a cientos de miles de personas alrededor del mundo.

No. Uematsu no se resistió ante la oferta de venir a México, no se negó a desfilar frente al público a tomarse fotos con sus seguidores; tenía él que dar la bienvenida al respetable con una máscara de luchador en el rostro, tenía que interpretar en trompetilla burlesca la brevísima fanfarria de victoria que escribiera hace tanto tiempo para el primer título de lo que ha sido su más reconocida y mejor obra. Sí. Uematsu tenía que entregarse al público, tenía que correr por todo el entarimado para colarse en el coro a interpretar a voz viva el tema por el que es, quizá, más querido: “One Winged Angel”, mejor conocido como el tema de Sephiroth, ideado para Final Fantasy VII.

Una noche que permanecerá, sin duda, en el recuerdo de los asistentes y, me queda claro, en el anecdotario de Nobu-san.

Omake

¿Se les ocurre algo mejor?

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