Se puso tremendo el octavo episodio de ‘House of the Dragon’, y no solo porque confirmarnos finalmente que el Rey ha muerto. Si han seguido las reseñas que hemos publicado a lo largo de cada episodio hemos narrado como esta serie ha buscando su propio estilo a través de una historia pequeña mostrándonos varias generaciones y cómo lentamente la familia real se ha ido desmoronando sin necesidad de enemigos externos, meramente a través de conflictos internos que ahora llegan a un inevitable cambio de batuta.

Volviendo a dar un salto temporal con respecto al último episodio, se puede ver que los problemas familiares aún no explotaron pero siguen activos, desde los abuelos que lloran muertes de sus hijos, los padres que siguen conspirando, y ahora los hijos que ya están en edad de matar. ‘La Casa del Dragón’, a la que de manera respetuosa y alegre he llamado una ‘telenovela’, no ha necesitado grandes escenas de acción porqué ha construido con la lucha de poder entre personajes la base para desencadenar consecuencias más allá de una o dos muertes a las que ya nos tiene acostumbrados de momento.

Aquí viene la parte de la reseña que siempre nos confunde con los nombres así que lo mantendremos lo más simple posible: Rhaenyra ya casada con su tío Daemon deciden ir con su familia de nuevo a King’s Landing con el motivo de que a uno de los hijos de Rhaenyra no parece que vaya a heredar el título que le correspondería. Todo eso debido, entre varias cosas, a que nadie les respalda, y para colmo Alicent, la reina madrastra de Rhaenyra, es quien básicamente ahora gobierna en nombre del Rey.

Llegando a King’s Landing nadie recibe a la familia de Rhaenyra como deberían. Así que la pareja decide visitar al Rey Viserys que ahora está postrado en cama con un cuerpo y rostros demacrados, todo con la esperanza de que si aún es posible pueda interceder con su autoridad por su hija y herederos (así sean bastardos). Sin embargo parece imposible. El Rey lleno de dolor es sedado con té de amapola que le nubla la razón. Como audiencia no queremos ver a Rhaenyra tan sola, pero no parece que obtendrá ayuda.

Por otro lado ver a la reina Alicent, con un aspecto que nos puede recordar a Cersei Lannister, imponente ahora con poder (aunque sea prestado) y respaldada por su propia padre, Otto Hightower, que aún funge como ‘mano del rey’. Esto contrastando mucho con lo emocional y frustrada que se muestra ante sus hijos que a todas luces ya no le hacen caso; como cubrir la reciente violación que su hijo Aegon cometió contra una de las sirvientas, o al reclamar inútilmente a un Aemond, que claramente ya no es un niño, el cual ahora porta su parche en el ojo y ya es muy versado con las armas aplicando su propio criterio.

Llega la escena donde en la sala del trono se decidirá quién quedará con el trono de Drifmark. No parece que Rhaenyra tenga ninguna posibilidad de reclamar por su hijo su posición ante un favorecido Vaemond Velaryon (último de su linaje). Pero hace su entrada el Rey Viserys que ante sorpresa de todos, y con las que parecen sus últimas fuerzas, pone orden y reafirma la herencia de el hijo de Rhaenyra. Esto provoca la furia de Vaemond Velaryon que comete la osadía de llamar “bastardos” a los hijos de Rhaenyra. Reclamo que le costó la vida siendo decapitado por Daemon al instante.

Se lleva a cabo una cena familiar, por un lado la rama familiar de Rhaenyra, por el otro la de Alicent. Todos reunidos por el Rey Vyseris que viendo ya la muerte cerca muestra su rostro y pide se detengan los pleitos familiares. Y por un momento pareciera que de manera honesta Alicent y Rhaenyra deciden disculparse y perdonarse. Rhaenyra agradece a su vieja amiga por haber cuidado tanto tiempo del su padre, y Alicent reconoce el reinado de Rhaenyra. Desmejorado el Rey se retira de la cena.

Pudo quedar la reunión familiar en ello, pero son las jóvenes generaciones quienes rompen la breve paz. Es Aegon quien suelta comentarios ofensivos a manera de burla hacia su sobrino Jacaerys (Jayce) por su futuro matrimonio acordado que tendrá este con su prima/hermanastra Rhaenys. Para rematar nuestro tuerto Aemond lanza un sarcástico brindis a Lucerys (Luc) que recalca que sus sobrinos son bastardos. La cena termina en golpes entre los hijos de Alicent. Aegon y Aemon. Contra los hijos de Rhaenyra. Jayce y Luc.

Por más intentos finales de que la familia pueda perdonarse y mantenerse unida queda claro que el veneno que las madres heredaron a sus hijos está más que viva y latente. El Rey Viserys, ajeno a lo ocurrido en la cena después de su partida yace en a punto de morir balbuceando la profecía de la “Canción de Fuego y Hielo” en la que siempre ha creído, palabras que no pasan desapercibidas por su esposa Alicent a la cual no le queda claro pero podemos suponer malinterpretará para seguir su odio.

Si bien la House of the Dragon nos ha mostrado de manera más que efectiva como pequeñas decisiones o formas de pensar de los personajes a lo largo de los años son ahora pilares inquebrantables para fundamentar el odio y rencillas. El Rey Viserys que fungía como único eje que mantenía todo en una frágil e incómoda paz se ha roto a pesar de dedicar su último día buscando arreglar todo. Muerto el Rey la guerra, violencia, y fuego serán inevitables a manos de la nueva generación que están listos para todo.

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